Cuarenta grados

Cuarenta grados
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Llega el día que tanto esperabas en el que, por fin, puedes apagar el despertador. No llega de repente, sucede poco a poco. Finiquitando cada una de las tareas comenzadas hace ya casi un año. Algunas metas abandonadas y otras cumplidas con creces. Siempre con esa sensación de estar parcialmente satisfecho, nunca del todo.

Cosas por hacer, muchas. Demasiadas quizás. Todo calculado con la precisión de quién no quiere perder el tiempo y a la vez no tiene ganas de sentirse esclavo de sus obligaciones. No es tiempo de imponernos nada, ocupado sí pero con cierto grado de libertad. Libre sí, pero con cierta cantidad de cometidos. Un ejercicio de funambulismo que casi nunca llega a buen término.

De repente te despiertas con todo el día por delante y no sabes bien qué hacer con él. No quieres madrugar pero te obligas a ello porque a partir del mediodía el calor convierte el salir a la calle en una heroicidad que roza la insensatez. Mediodía, suena bien. Mucho tiempo por delante como para desperdiciarlo esperando a que el sol te conceda una tregua.

Es curioso ¿verdad? Todo el año esperando a tener tiempo libre para hacer deporte y cuando lo tienes se derriten las suelas de las zapatillas en la calle y el gimnasio cierra, por si pensabas aprovecharte de su aire acondicionado. Tenías ganas de seguir esa serie nueva en televisión pero han cambiado a la programación estival y ni rastro de los programas del invierno. Buscabas tiempo para leer, pero con una o dos horas al día tienes suficiente. Ansiabas aprender italiano, pero no se organizan cursos en estas fechas. ¿Dormir la siesta? Se te pegan las sábanas. ¿Arreglos en casa? ¿Para eso has cogido vacaciones?

Así que esperas en la penumbra a que pase la tarde, como cual vampiro recién llegado de la más profunda Transilvania, y cuando compruebas por los agujeros de la persiana que Don Lorenzo se ha retirado a descansar, te preparas para salir un rato. No demasiado, que al día siguiente hay que levantarse temprano para aprovechar las horas más frescas si no quieres pasarte también la mañana entre cuatro paredes.

Por más que busco no le encuentro ningún encanto al verano. No me gusta la playa, no soporto la arena pegada al cuerpo gracias a esa mezcla tan apetitosa de sudor y protección solar. En el río, el agua está helada, el suelo lleno de piedras capaces de destrozar los pies más curtidos y los alrededores poblados de todo tipo de insectos ansiosos por catar tu sangre fresca. La piscina, versión urbanita de las dos anteriores, está tan llena de gente que tienes que llevarte una toalla de bidé para colocarla en los únicos dos centímetros de césped en los que da la sombra.

Los tres remedios más habituales para soportar el calor me resultan insufribles. No soy capaz de estarme quieto en ninguna parte. ¿No os llama la atención eso de “soportar el calor”? ¿Estar de vacaciones significa “soportar”? ¿Esperar a que pase el día permaneciendo inmóviles en un recinto atestado de gente? No lo comprendo, por más vueltas que le doy.

Adoro el invierno, los días de frío en los que irte a la cama por las noches es un placer. Cuando llevarte un abrigo a la calle significa que no te lo vas a quitar para cargar, como un idiota, con él en el brazo. Cuando el único humo que ves procede de tu aliento al respirar y no de los sesenta grados del asfalto. Cuando no llueve, o cuando sí lo hace y te tomas un chocolate caliente mientras observas las gotas correr por el cristal de la ventana. Cuando sales a correr durante el diluvio universal y no te cruzas con nadie. Cuando mirar el caudal del río da miedo y no pena.

El astro de plasma es el Gran Hermano de Orwell. Nos controla, nos dicta lo que podemos hacer y lo que no, nos aprieta la soga y nos la afloja cada día. Giramos en torno a él, y tardamos un año en dar la vuelta completa.

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