Sin Título

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Hace tiempo leí un artículo en el que se explicaba que las gotas de lluvia al golpear contra el suelo producen pequeñas burbujas que elevan minúsculas partículas compuestas por minerales, vegetales e incluso bacterias y virus. Esas burbujas liberadas al aire serían las responsables de ese olor tan característico de las tardes de tormenta. Petricor se llama, no suena muy bien. Se supone que procede del griego: Petros (piedra) e Ikhôr (sangre de los dioses) y visto así, hasta parece que gana caché aunque siga sonando mal.

Un vocablo que no representa la belleza de su definición no es un vocablo digno de aparecer en el diccionario y no aparece. La RAE no lo contempla, por ahora. Quizás nuestros académicos no se hayan parado a estudiar su etimología y por eso petricor sigue siendo una palabra excluida. Sin embargo, ese olor lo conocemos todos aunque no sepamos explicar su razón de ser ni le pongamos nombre.

Es curioso, cosas que conocemos de sobra pero que no tienen apelativo. Sucede lo mismo con algunas personas, pasan por nuestra vida dejando huella pero desconocemos sus nombres: Una niña de pies descalzos y mirada perdida, un doctor de bata verde y rostro ojeroso o una anciana que se pasa la tarde en la parada de autobús pero que nunca se sube a ninguno.

¿Cómo sería vivir sin nombre? Tal vez resultase interesante que para referirnos a alguien hubiera que describirlo. Sería el único modo de transmitir algo más que unas sílabas vacías de contenido. Al mismo tiempo, esa descripción no podría ser muy larga para no eternizarnos en la exposición del apodo. Parece un magnífico ejercicio de expresión oral.

Los nombres de las personas no aparecen en el diccionario, no tienen definición o son tan feos que, pese a tenerla, son ignorados al igual que petricor. Nunca reflejan lo que representan, un ser humano no puede resumirse en una sola palabra. Por eso algunos, en un claro ejercicio de egoísmo, acumulan nombres uno tras otro, como si pudieran heredar las virtudes de aquellos que fueron nombrados del mismo modo. Como si por tener denominación ya fuesen, sin serlo.

Sin embargo, cuando alguien pronuncia un nombre propio, casi por arte de magia, se forma una imagen en nuestra mente: una niña, un doctor, una anciana… A veces porque conocemos a alguien que se llama así y otras veces sin motivo aparente. Imaginamos a ese ser a partir de una palabra vacía de significado cual Don José en su particular registro civil. ¿Por qué? ¿No somos capaces de almacenar una palabra sin más?

Palabras sin significado y significados sin palabra encuentran pareja en este baile de fin de curso donde algunos visten de gala y otros van con lo puesto. A veces salen ganando las palabras y otras veces las acepciones. Nuestra mente es maravillosa, no me extraña que tantas personas hayan pasado su vida entera intentando entenderla.

Llueve, no veo llover pero llueve. Lo sé porque el repicar de las gotas contra el tejado golpetea mis tímpanos con delicadeza marcando un compás propio de la más bella sinfonía, lo sé porque escucho el rugido de la ira de Zeus, lo sé porque huele a tierra mojada en una tarde de tormenta. Me da igual que ese olor no tenga nombre, me da igual no saber explicarlo. Me basta con sentirlo ¿Puede haber algo más lleno de significado?

Pienso en un título para este artículo y no se me ocurre ninguno. O se me ocurren demasiados y caigo en la tentación acaparadora de usar un nombre compuesto. Tal vez no deba ponerle ninguno, tal vez deba dejar que cada uno lo bautice a su antojo.

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